Compartir

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on telegram
Share on whatsapp
Share on email

Compartir

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on telegram
Share on whatsapp
Share on email

Adiós a María Isabel Mijares, la enóloga adelantada a su tiempo que inspiró a una generación de mujeres

El domingo por la noche llegó la triste noticia del fallecimiento de María Isabel Mijares, la primera dama española del vino, quien, además de ser referente número uno en su país, mantuvo una prolongada amistad con Argentina, y en particular con Mendoza.

POR SOLEDAD ANDREU – ESPECIAL PARA EL TRIUNFO DE BACO

La conocí hace 22 años en Madrid, cuando siendo yo estudiante de posgrado obtuve su teléfono de manos del marchand Ignacio Nacho Gutiérrez Zaldívar (1951-2022) quien me recomendó para colaborar periodísticamente en la revista especializada La Etiqueta.
Una diva sin divismos, María Isabel atendió el celular sin intermediarios y rápidamente me citó para entrevistarme una mañana de domingo en sus antiguas oficinas ubicadas cerca del Parque del Retiro. Así, mi primer encuentro y charla con María Isabel Mijares fue totalmente atípico, en un edificio de oficinas vacío un mediodía de domingo en junio del 2002. Inmediatamente entendí que estaba ante una mujer fenomenal, diferente, involuntariamente carismática, que conocía Mendoza mejor que yo y que se apasionaba por la divulgación y desacralización del vino.


Ciudadana enológica del mundo

Isabel (o Maribel, como la llamaba su esposo francés Yves -Viví-) residía en Madrid, aunque era ciudadana enológica del mundo. Sus maratónicos viajes como conferencista, jurado o «flying winemaker» incluían momentos de vértigo, como cuando Viví debía llevarle recambio de equipaje a Barajas porque ‘la jefa’ (como él también solía llamarla) no hacía tiempo para cambiarse en casa antes de abordar su próximo vuelo rumbo a Caracas, San Pablo, Salta, Santiago de Chile y un largo etcétera.

Mijares nació en Mérida (Extremadura) en 1942 y ya de joven tuvo vocación por la enología, por lo que luego de licenciarse en Ciencias Químicas por la Universidad Complutense de Madrid cruzó los Pirineos con a una beca para estudiar Enología en Burdeos, en donde fue alumna y discípula del célebre Émile Peynaud, el “padre de la enología moderna”.

Fue la primera mujer enóloga de España, galardón que le valió el reconocimiento de sus colegas varones – incluido su amigo Michel Rolland, que también estudió en la ciudad francesa – y de infinidad de mujeres de distintos países y culturas, a quienes inspiró hasta hoy.

De sus años de estudiante, María Isabel recordaba haber vivido en primera persona el Mayo Francés, esa revuelta socio-estudiantil que cambió mentes y consciencia política, pero ella prudentemente aclaraba que apenas fue una testigo privilegiada, ya que, si bien es evidente que fue una adelantada a su tiempo, su postura era conservadora, aunque con suficiente cintura como para brindar con todo el mundo sin distinción de varietales.

Su rol como divulgadora y jurado
María Isabel fue ante todo una promotora del vino y una embajadora de las más prestigiosas denominaciones de origen, convirtiéndose en gran ‘vendedora’ de la bebida que amaba tanto personalmente -para lo que apelaba a su inigualable simpatía y ‘labia’- como a través de los medios: desde la revista La Etiqueta y la Guía de Vinos Repsol, que ella misma editaba y distribuía, hasta sus inolvidables intervenciones académicas, radiofónicas y audiovisuales.

Al respecto, recuerdo quizás la última entrevista que hace pocas semanas le hiciera el periodista Gabriel Levinas (quien pronuncia su apellido como ‘Miyares’) en su programa ‘El conde del Once’ (Radio Mitre), en donde Isabel, gran narradora de historias, contó, entre muchas otras cosas, que estaba asesorando a la bodega Puna, de Salta, en donde se elaboran “vinos de altura, a más de 2.600 metros sobre el nivel del mar”.
En esa intervención, Mijares no dejó pasar la oportunidad de volver sobre un asunto que parecía divertirle: la desmitificación del maridaje. Según ella, el vino que mejor combina con tu comida “es el que más te gusta” (tendencia que muchos enófilos hoy replican, pero que no sabemos si aplican en la realidad).

Pionera en dirigir una bodega en España, primera en presidir un Consejo Regulador (el de Valdepeñas, de 1982 a 1987), fue también la primera mujer en ingresar como experta en viticultura a la Real Academia de Gastronomía. Escritora, periodista, presidió durante años el jurado de innumerables concursos de vino de todo el mundo, puso cara, voz y voto a las mujeres como catadoras profesionales de vino. En Mendoza, se la recuerda también como una de las impulsoras de “La Mujer Elige”.


Entre la variopinta galería de anécdotas recolectadas luego de trabajar algunos años junto a ella, recuerdo cuando fue contratada por los elaboradores de pisco peruano – apadrinados por Eliane Karp, entonces primera dama del Perú – para posicionar el producto en España. Fue una cena en su departamento de Argüelles, a la que fueron convocadas primeras figuras de la gastronomía. Isabel sirvió un menú basado exclusivamente en el pisco, desde la entrada a los postres, culminando la velada con un espectacular speech sobre el destilado, y coronando la puesta en escena al mojar dos gotas de pisco en sus muñecas, oliéndolas como si de un Chanel N°5 se tratara.


Fue apasionante su ida y vuelta con Mendoza, su relación de amistad con el recordado empresario Carlos Caselles y su familia, dando vida al éxito de Sinfín, en coincidencia con la apertura de su bodega en Rodeo del Medio. En nuestra provincia fue conocida, reconocida, querida y admirada, no sólo por su conocimiento y carisma, sino también por su humildad y accesibilidad: siempre tuvo una palabra amable o un consejo para quien se le acercara, fuese alguien considerado importante o no.


En Madrid, su familia y sus amigos la lloran, pero lo que más salpica son las lágrimas del vino.