¿Qué hacemos los seres humanos cuando algo duele? La tendencia natural es buscar alivio; si nos quemamos con agua caliente, no tendremos más opción que sentir el dolor hasta que la crema que nos recetó el doctor, vaya aliviando y cicatrizando la herida.
Necesitaremos, sin embargo, tener paciencia con la herida, ya que, si bien contamos con ungüentos, la misma tomará el tiempo que precise naturalmente para sanar.
Por el contrario, al permanecer, con paciencia y compasión en aquello que duele, nos desprendemos del sufrimiento.
Ahora bien, que sucede con el dolor psíquico o emocional. ¿Cuáles son los ungüentos o analgésicos disponibles? ¿y cuáles los tiempos estimados de cicatrización?
Los dolores alojados en la mente, las emociones y el alma, suelen tener procesos similares a los del cuerpo. Por tanto, también necesitan la medicina adecuada para ser aliviados y tiempo para que la cicatrización se haga adecuadamente.
Dolor, adicciones y escapismo
El inconveniente es generado, en la actualidad, por la tendencia del hombre moderno a querer escapar de todo lo que es. Las nociones de éxito en Occidente, impulsadas por la cultura de la inmediatez, la productividad y el ideal del hombre que-todo-lo- puede han excluido la sana costumbre de permanecer con lo que es; aún Freud vio a principios del siglo XX cómo la cultura contaminaba el instinto, haciéndonos negar el dolor y buscar el placer.
Sin una adecuada educación emocional, el Yo se defiende del dolor y busca escapar, muchas veces con distracciones (música, ruido, gente), pero también con adicciones, que son ni más ni menos que acciones repetitivas en busca de una compensación. Lo «no dicho» (adicción) lo que se oculta, es la raíz misma del sufrimiento.
Los dolores alojados en la mente, las emociones y el alma, suelen tener procesos similares a los del cuerpo. Por tanto también necesitan acciones para ser aliviados y tiempo para que la cicatrización se haga adecuadamente.
Las vías de escape (ilusorio) del dolor son interminables. Uno puede creer que escapa entregándose a relaciones sexuales, la bebida, la comida, el dinero, las drogas o cualquier otro tipo de excitación que, por instantes, llevan al individuo a pensar que el plan de escape ha sido exitoso.
De forma similar a las técnicas usadas por la medicina alopática para abordar la enfermedad, se sofocan los síntomas sin tocar casi nunca la raíz de la infección.
Lo curioso es que. a pesar de todos estos esfuerzos, la herida supura y se resiste a ser ocultada. Cualquier estímulo, entonces, puede gatillar reacciones inesperadas, irracionales; sin previo aviso explotamos con ira ante una discusión sin importancia, o estallamos en llanto por una ofensa, aún cuando sea minúscula.
El arte de permanecer en lo que es
Cuando hablamos de permanecer, nos referimos a una acción que no es una re-acción, sino una toma de conciencia de lo que es, de lo que existe en el interior. Si algo duele, no lo rechazo, disminuyo la velocidad de mi hacer cotidiano, presto atención, permito que duela, me abro al dolor y a sus lecciones.
Como señala el reconocido místico, escritor y doctor en psicología Ram Dass, el dolor emocional es una parte inseparable de vivir con el corazón abierto y de amar. En lugar de ser un enemigo, el dolor es una señal de que algo nos importa y puede ser una puerta hacia la compasión y la transformación. Para él, una forma de afrontar el sufrimiento es reconocerlo y aceptarlo, permitiendo que la energía física (como correr o caminar) libere la tensión, en lugar de reprimirlo.
Quien haya hecho esta práctica, sabe que lo que duele no estará allí para siempre, a menos que uno decida perpetuarlo. Esta perpetuación del dolor, mediante una sistemática represión del sentimiento, es lo que se conoce como masoquismo.
El sufrimiento no es más que el dolor no sentido y no sanado. Quien huye del dolor, «re-siente», repite una y otra vez las laceraciones. El ejercicio es, entonces, permanecer en lo que es, sentirlo en plenitud, sin juzgar ni reprimir.
Tenga en cuenta que el único que teme a la expresión total del dolor para ser sanado no es su yo verdadero, sino su falso ego, que teme ser destruido por la intensidad del sentimiento.
Respire tres veces, déle la bienvenida a su dolor, llore todo lo que tenga que llorar, haga catarsis, escriba, cante, grite. Y cuando esto haya pasado, sólo quedará un tranquilo vacío, un lugar a ser llenado con nuevas experiencias y ojalá, con nuevas alegrías.


