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La vitivinicultura argentina crece hacia regiones frías y húmedas, y la genética acompaña este desarrollo

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La vitivinicultura argentina está atravesando una transformación silenciosa pero profunda. Lo que durante más de un siglo fue un cultivo casi exclusivo de Mendoza y San Juan hoy se despliega como un fenómeno verdaderamente federal. Con viñedos activos en 21 provincias y proyectos que avanzan desde la costa atlántica hasta el extremo sur patagónico, el vino argentino inicia una nueva etapa marcada por la diversidad territorial, el respaldo científico y una protagonista clave: la genética vegetal.

Este proceso no es casual. Según datos del Instituto Nacional de Vitivinicultura, mientras las provincias tradicionales muestran un retroceso sostenido en superficie —Mendoza perdió más del 10 % y San Juan más del 16 % en la última década—, las regiones emergentes del país registran crecimiento continuo. Buenos Aires, Entre Ríos, La Pampa, Chubut, Jujuy, Santa Fe o Córdoba ya forman parte del nuevo mapa productivo, dando lugar a perfiles enológicos impensados hasta hace pocos años.

Entre Ríos vuelve, después de muchos años, a crecer en cultivos de vid.

Detrás de esta expansión aparece un cambio de paradigma técnico. Tal como señala el ingeniero Daniel Bergamin, director técnico de Vivero Mercier Argentina, hoy gran parte de los viñedos de alta calidad del mundo se desarrollan en climas más cercanos a la Pampa Húmeda que al desierto cuyano. “La vitivinicultura argentina dejó de dialogar únicamente con la montaña y la aridez; ahora conversa con la humedad del Litoral, la influencia oceánica y el frío extremo”, explica.

La ciencia detrás del movimiento de fronteras de la vitivinicultura

El motor de este avance es, principalmente, el desarrollo científico aplicado al material vegetal. La selección clonal, el uso de portainjertos adaptados y la evaluación precisa de cada ambiente permiten hoy diseñar viñedos a medida de cada región.

Lejos de la improvisación, los nuevos proyectos parten de estudios agroclimáticos detallados: acumulación térmica, régimen hídrico, presión de enfermedades y tipo de suelo. A partir de allí se eligen clones específicos de cada variedad, injertados sobre pies americanos capaces de expresar el potencial del terroir.

“Hoy no se planta por intuición: se planta con datos”, resume Bergamin. Y agrega un concepto central: la genética correcta define el éxito o el fracaso de un emprendimiento, especialmente en zonas no tradicionales.

En este escenario, Vivero Mercier Argentina se consolidó como un actor estratégico. Con 25 años de presencia local y el respaldo de más de un siglo de experiencia del grupo francés, la empresa lidera la provisión de plantas certificadas, trazables y sanitariamente controladas, acompañando proyectos desde su concepción hasta la implantación.

Uno de sus hitos fue el desarrollo de la primera planta certificada de Malbec clonal argentino injertada sobre pie americano, una combinación que une identidad varietal local con máxima adaptabilidad edáfica y climática.

Litoral, Buenos Aires y Patagonia: nuevos polos vitícolas

La provincia de Buenos Aires ya supera los 50 proyectos vitivinícolas activos y ronda las 200 hectáreas implantadas. Entre Ríos, por su parte, vive un verdadero renacimiento: tras haber sido la cuarta productora nacional a principios del siglo XX, hoy vuelve al mapa con emprendimientos ligados al turismo y la gastronomía regional.

En estas zonas húmedas, variedades como Marselan, Tannat, Cabernet Franc, Merlot o Syrah muestran excelente comportamiento, mientras que entre las blancas se destacan Chardonnay, Sauvignon Blanc y Albariño. El secreto está en racimos sueltos, pieles gruesas y ciclos adaptados a veranos más cálidos.

Hacia el sur, la Patagonia empuja los límites aún más lejos. Chubut se posiciona como referente en vitivinicultura orgánica, con casi el 74 % de su superficie certificada, y proyectos experimentales llegan incluso a Ushuaia, donde clones específicos de Pinot Noir y Riesling permiten completar el ciclo en condiciones extremas.

La zona Norte de Buenos Aires es un polo creciente para la vitis vinífera, una zona fría y húmeda.

El vivero como punto de partida del negocio

En este contexto, el rol del vivero dejó de ser operativo para volverse estratégico. La planta es hoy el primer eslabón de la cadena de valor: define sanidad, rendimiento, longevidad del viñedo y perfil del vino.

“Una planta sana y con identidad clonal certificada es la única garantía de sostenibilidad para quien invierte en nuevas zonas vitícolas”, afirman desde Mercier. Por eso, la empresa acompaña activamente la expansión hacia territorios emergentes, aportando no solo material vegetal, sino también asesoramiento técnico integral.

La vitivinicultura argentina ya no es una industria regional. Se está convirtiendo en una actividad nacional, diversa y profundamente innovadora. Cada viñedo implantado fuera de Cuyo es una prueba de que el conocimiento científico, combinado con genética de calidad, puede transformar paisajes productivos enteros.

El vino del futuro será un mosaico de climas, suelos y estilos. Y en esa construcción colectiva, la correcta elección del material vegetal —liderada por actores como Vivero Mercier Argentina— aparece como la piedra fundacional de una nueva vitivinicultura federal.

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