Por Gabriela Malizia
Tim Atkin no parece cansado, aunque su agenda sugiere lo contrario. Con la meta de catar cerca de 1.600 etiquetas este año, el británico se mueve por Mendoza con la solvencia de quien conoce cada rincón del terruño. En una charla distendida, tras la cata a ciegas que realizó junto a la compañía corchera portuguesa AMORIM (Sponsor de su podcast) en el Park Hyatt Mendoza, revela su método para no «perder el paso» ante semejante marea de alcohol: gimnasio, mucha agua y un sacrificio sagrado: nada de café por las mañanas para no saturar el paladar.
GM: Tim, estás en plena maratón de catas. ¿Cómo hacés para que el paladar no se rinda ante cien vinos diarios?
Tim Atkin: Es una gimnasia, estoy superacostumbrado. La clave es tener la maquinaria aceitada y, sobre todo, no tomar café temprano. Mis expectativas con Argentina siempre son altas porque busco novedades, pero también catar las nuevas añadas de lo que ya conozco. El Malbec sigue siendo el rey para la exportación, pero este año estoy mirando con mucha atención la añada 2024.
GM: Mencionaste un interés especial por las variedades criollas, algo que genera cierto debate en la industria local. ¿Ves allí un futuro real?
T.A.: Totalmente. Hay un hueco en el mercado mundial para las variedades desconocidas. Se habla poco de las criollas, especialmente las del Este mendocino, pero ahí reside una esperanza para la región. Hay un movimiento en toda Latinoamérica —Bolivia, Perú, Chile— interesado en estas uvas. Argentina debería apostar por su historia y su cultura; ahí hay una oportunidad de trabajar en conjunto con los países vecinos para promocionar nuestra identidad.
GM: El consumo de vino cae a nivel global mientras la cerveza gana terreno. ¿Qué estamos haciendo mal?
T.A.: La gente cambió su estilo de vida. Ya no se toma vino en el almuerzo antes de volver al despacho; ahora se elige un sándwich rápido. El vino tiene mucha más cultura que la cerveza, pero hemos complejizado el mensaje. Para el vino básico y barato, no veo futuro. El camino para Argentina es el vino con personalidad, con sentido de identidad y de terruño. Ese es el rumbo que sobrevive.

GM: Hablando de tendencias, hay un auge de bebidas desalcoholizadas. ¿Son un enemigo o una oportunidad?
T.A.: Para mí, las técnicas para quitar el alcohol le quitan el alma al vino. El vino sin alcohol no es vino, es un producto hecho con uva. Entiendo que las bodegas necesiten sobrevivir y vender, pero para mí el vino sin alcohol no es vino. Es un proceso técnico que le quita el alma. El alcohol es parte de lo que nos da alegría y estructura. Existen vinos de bajo alcohol naturales, como un Moscato d’Asti o un Riesling alemán, pero lo desalcoholizado es otra cosa. No los incluyo en mis catas; no es mi estilo.
GM: No puedo evitar preguntarte por la «revolución» que causó Messi al decir que toma vino con Sprite. Como crítico, ¿qué te genera?
T.A.: (Risas) Messi es un genio, un Dios. Puede tomar lo que quiera. Me encanta verlo jugar al fútbol y, si decide tomar vino con algo agregado, por lo menos está tomando vino y no otra cosa. No comparto su gusto, yo no le pondría esa bebida gaseosa de la que él habla, pero viniendo de él, todo está permitido.
GM: Se critica mucho el rol de los «gatekeepers» o críticos hoy en día. ¿Sentís que están perdiendo fuerza frente al consumidor?

T.A.: Depende del crítico. Yo no creo en alguien que llega a un país, cata en una habitación de hotel sin hablar el idioma y pone 100 puntos sin contexto. Yo vengo todos los años, paso un mes pisando tierra, hablando con la gente en español. Eso es lo que vale. Si puntúas mal a un vino eres el peor del mundo, si puntúas bien eres un genio… hay que tomarlo con «un poquito de sal». No soy ni el mejor ni el peor, solo un ser humano intentando hacer su trabajo con el corazón.
Qué vinos acceden a la cata de Tim Atkin
Tim Atkin aclara que su agenda no la dicta ninguna institución, aún cuando es Wines of Argentina quien lo trae a Mendoza: «La selección la hago yo», asegura. Este año, además de su clásica clasificación de las 50 mejores bodegas, Atkin puso el ojo en figuras locales como Lucas Niven, a quien define cariñosamente como «el Freddie Mercury del vino argentino», y en zonas emergentes que prometen sacudir el tablero de la vitivinicultura nacional.
Asegura que va a bodegas «random» y que, si algo le gustó el año pasado, lo vuelve a probar al año siguiente. Cada año incluye también catas presenciales organizadas por grupos, como las Mujeres Profesionales del Vino o la DOC Luján de Cuyo.




