Hoy se celebra el día de Vino Argentino bebida nacional, o sea, la declaración que se hizo a partir de la ley 26.870 en 2010, la cual se había propuesto como meta llevar al vino a lo más alto, en promoción, eventos, revalorización de las regiones, sus cultivos, y protección (fundamentalmente) del vino en tanto alimento y miembro inalienable de la historia y la cultura de los argentinos.
La iniciativa no deja de tener valor y sin embargo, hoy debemos recapitular con algo de desazón y varios replanteos que esta ley se quedó en la forma pero nunca se llenó de contenido.
Si no están de acuerdo con este punto, baste con apuntar algunas contradicciones, como el hecho de que un diputado nacional del color político que promulgó esta ley colocó al vino junto a productos nocivos para la salud, como bebidas alcohólicas y cigarrillos: la idea era tomar de allí una porción de los empobrecidos márgenes de producción para financiar subsidios al deporte. Por fortuna, y tras un poco de tarea educativa y lobby de los representantes locales, el proyecto no prosperó. Pero en función de esta ley, en primer lugar, nunca debería haber existido.

Vino bebida nacional, se dijo poniendo el logo bien en alto, mientras la vitivinicultura argentina perdía en poco tiempo más de lo que había ganado en una década de esfuerzos e inversiones. En los últimos años, por la inflación, se extinguieron franjas de precio en los mercados de exportación en los que Argentina era muy fuerte, como el de USS 16 dólares la caja, que tanto volumen movió antes del 2009.
Marcas y líneas desaparecieron, y con ellas muchos puestos de trabajo. Claro, difícil es decir cuántos, porque el INDEC no refleja estas cifras.
Las paritarias por encima de la inflación y la supuesta fiebre del consumo no fueron suficientes para mejorar el consumo per capita que dificultosamente se ha mantenido en los 25 litros, frente a otras bebidas que vieron crecer exponencialmente sus ventas.
Es que mientras se clamaba a todas voces la importancia de una industria como la del vino, el Gobierno nacional se negaba a promulgar la ley de edulcoración con mosto, embolsaba los 50 millones de retenciones a las exportaciones y no mejoraba los eternos plazos de devolución del IVA.
En este tiempo, se frenaron casi por completo las inversiones que tantas satisfacciones dieron a la provincia en años anteriores; ni una bodega nueva, y la mayoría puso en secreto el cartel de «en venta».

Las hectáreas productivas en la zona Este se abandonaron porque con el precio del vino, ni siquiera es rentable levantar la cosecha. Subsidios como parches pequeños, desbordados de realidad, dejaron que al cartel de «vino bebida nacional» se le vieran las manchas de la herrumbre y el olvido.

Esperemos que el año próximo, con los cambios que se avecinan en los estamentos de poder, podamos sostener no con frases bonitas, sin con hechos que el vino es bebida nacional.

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